13 enero 2008

Loyola de Palacio, una política batalladora hasta el final



LUCÍA MÉNDEZ - El Mundo - España

Sábado, 16 de diciembre de 2006


Los curas y los psicólogos que atienden a los enfermos terminales suelen decir que las personas mueren igual que viven. Loyola de Palacio murió como vivió. A toda velocidad. Sin pararse ni un minuto. Sin darse pena. Sin flagelarse. Sin dejar que sus amigos le preguntaran los detalles de una enfermedad que la fulminó en apenas cinco meses. Sin parar de hablar de política, de la pesca, de los sobrinos, de la casa familiar, del bebé recién nacido de su hermana Urquiola, de Fraga, de Rato y de todos los demás.

Sin permitir que nadie le tuviera compasión, convencida hasta el último suspiro de que aún le quedaba mucha guerra que dar en los próximos años. Loyola de Palacio vivió y murió como lo que fue: una mujer valiente e intrépida. De haber nacido en otra época, Loyola habría sido aventurera o exploradora. A pesar de que llevaba la enfermedad en los genes, ella nunca se dio por aludida. Sufrió y temió por su hermana hasta que Ana venció al cáncer, pero por ella misma nunca tuvo miedo, aunque su madre murió muy joven de la misma enfermedad.

Siempre se sintió una mujer profundamente vasca, aunque nació en Madrid, y las mujeres vascas no flaquean. Ni siquiera cuando se notan, como ella, una tos de origen desconocido y fuertes dolores en la espalda, como le sucedió este verano mientras practicaba el submarinismo.

Loyola de Palacio del Valle-Lersundi nació en Madrid el 16 de septiembre de 1950 en el seno de una familia de origen aristocrático. Fue la mayor de siete hermanos, tres chicos y cuatro chicas, que siempre han sido una piña, a pesar de vivir desperdigados por medio mundo. Recibió una esmerada educación en el Liceo Francés, aunque la muerte la golpeó temprano. Cuando tenía 21 años le dijeron que su madre se iba a morir de cáncer de pulmón.

Y dos días después de cumplir 22, se convirtió ella misma en la madre de todos sus hermanos, al fallecer Luisa del Valle-Lersundi. "Alguien tenía que torear y me tocó a mí", recordaba años más tarde.

Loyola sentía una especial adoración por su padre. Un retrato de Luis María de Palacio, un hombre joven y atractivo, preside el comedor familiar de su casa de Madrid. Ella solía decir que tal vez nunca se casó porque no pudo encontrar un hombre como su padre. Y si tampoco nunca sintió la necesidad de tener hijos no fue solamente porque vivía casi como una aventurera, de avión en avión, de Madrid a Marquina o de Galicia a Nueva York. También fue porque sus hijos fueron sus hermanos desde la muerte de su madre. Años más tarde, los Palacio se quedaron también huérfanos de padre, y ello les unió si cabe aún más.

Primera presidenta de Nuevas Generaciones

La fiebre de la política prendió pronto en la licenciada en Derecho por la Universidad de Madrid. De la mano de Manuel Fraga, que siempre fue su segundo padre, se convirtió en la primera presidenta de Nuevas Generaciones de Alianza Popular, nombre que ella misma le puso a la organización juvenil del partido de la derecha española.

Aunque su verdadera carrera política comenzó cuando fue elegida senadora por Segovia en 1986. De Fraga aprendió a dedicar 24 horas sobre 24 a la actividad política. Ella, como él, era capaz de recorrer un recinto ferial en cuestión de minutos, mientras sus colaboradores apenas podían seguir su ritmo. "Dejar de fumar y correr un poco más". Loyola siempre fue una mujer de costumbres sanas, deportista, amante del desayuno con pan y aceite de oliva.

Como senadora por Segovia asumió el cargo con todas las consecuencias, algo que fue una constante en todos los sitios por donde pasó. Se compró una casa para vivir allí, igual que muchos años después se compró otra en Bruselas para vivir al lado del trabajo. Vivía los cargos a toda pastilla, igual que conducía su coche rojo a toda pastilla por las carreteras de la sierra y más de una vez tuvo algún disgusto por ello.

En el Senado revolucionó al grupo parlamentario y en las elecciones del 89 cambió de Cámara y fue elegida diputada. Muy bien relacionada con los jóvenes cachorros de AP, que en el año 90 se convirtieron en los principales colaboradores de José María Aznar cuando fue elegido presidente del PP, Loyola fue desde el principio una dirigente de confianza del nuevo líder.

Aunque su corazón político siempre latió al mismo ritmo que el de su gran amigo Rodrigo Rato. De la mano de quien era entonces el portavoz del Grupo Popular, Loyola se consolidó políticamente como una batalladora parlamentaria de primera clase contra el Gobierno de Felipe González. Si ella hubiera tenido que elegir un momento especialmente feliz de su carrera política, se habría quedado con aquella tenaz e implacable oposición que llevó a Alfonso Guerra a calificarla como la "monja alférez". La imagen nunca hizo justicia a esta mujer. Naturalmente que era una persona católica, pero nunca perteneció al Opus, como se dijo.

"¿Cómo voy a ser del Opus si me llamo Loyola?". Y sus colaboradores, que los tuvo no sólo de derechas sino también de otras tendencias políticas, puedan dar fe que también fue siempre una persona profundamente respetuosa con la vida de los demás. De hecho en su numerosa familia hay de todo y por su orden. Ella misma tenía una tendencia a la aventura que no se podía ver a través de sus clásicos trajes de chaqueta y de sus zapatos para andar cómoda.

Aunque cuando pasó al primer plano de la política, tanto sus hermanas como sus amigas le recomendaron cuidar eso que se llama 'look', Loyola despreció esas banalidades hasta el último día de su vida. Iba a la peluquería cuando no le quedaba más remedio y prácticamente nunca se maquillaba si no era por necesidades del guión.

Revolución en Agricultura

Tampoco se callaba nunca y además hablaba muy claro. Demasiado para el gusto de algunos de sus jefes políticos. Cuando el PP ganó las elecciones del 96, Aznar la nombró ministra de Agricultura y con ella llegó la revolución al Ministerio. Los dirigentes de las organizaciones agrarias esperaban a una mujer dura y facha, intratable, pero pronto se dieron cuenta de que la imagen no se correspondía con la realidad. Desde el Ministerio, defendió a capa y espada los intereses del aceite de oliva español batallando con el comisario Fischler, quien expresó su admiración por ella. Desde que el aceite de oliva les unió, nunca olvidó mandarle un ramo de flores por su cumpleaños. Se las tuvo tiesas asimismo con los italianos.

El aceite de oliva italiano, decía, es lo más parecido a lubricar motores de automóviles, pero qué bien lo venden los condenados. Los sacan a la venta en esos preciosos envases transparentes para que veamos una ramita de lo que sea en su interior. Y va la gente y pica. Como ministra, Loyola se encargó de que toda Europa conociera las virtudes del aceite de oliva español.

En 1999, debido a su exitosa gestión al frente de la cartera de Agricultura, Aznar decidió presentarla como cabeza de lista del PP a las elecciones europeas, lo que a ella le hizo poca gracia, aunque aceptó disciplinadamente. La lista que encabezaba ganó las elecciones y entonces comenzó su carrera política europea, que la llevó a la Comisión como vicepresidenta y comisaria de Transportes y Energía. También en Bruselas alucinaron con su vitalidad y su capacidad para presentar proyectos e ideas sin parar.

Los miembros de la comisión son testigos de la pasión con la que defendía sus posiciones. Pedro Solbes, su compañero de fatigas en esa época, puede dar testimonio de que Loyola llevaba todos los días a la mesa de la comisión su máxima política y personal: "La única batalla que no se gana es la que no se da".

Tal y como dijo su amiga Ana Pastor tras su muerte, Loyola de Palacio fue la mujer política española que llegó a un puesto más alto en las instituciones europeas. Varias publicaciones internacionales la incluyeron repetidamente en las listas de las mujeres más influyentes del mundo. En 2004 acabó su mandato y también el tiempo glorioso del PP en el poder.

'Sabes que no eras mi candidato'

Loyola de Palacio siempre fue una mujer de partido. Nunca quiso desvincularse de la dirección, ni de las vicisitudes del PP, que seguía atentamente desde Bruselas. Durante la larga y espinosa carrera por la sucesión de José María Aznar, EL MUNDO la incluyó en la encuesta del Hipódromo que periódicamente se publicaba en estas páginas. Sinceramente, y no como otros, ella reconocía que le hacía ilusión figurar en esa lista. También a diferencia de muchos de sus compañeros de partido, decía lo que pensaba en voz alta, cosa que no la beneficiaba de cara al aparato del PP.

Por atreverse, se atrevió a lo que nadie. En la primera reunión del Comité Ejecutivo del partido tras la designación de Rajoy como líder, Loyola le dijo. "Sabes que no eras mi candidato, pero a partir de hoy me pongo a tus órdenes". La situación interna del PP tras la derrota del 14-M preocupaba a Loyola en sus últimos meses de vida. Por decirlo claramente, ni ella ni sus muchos amigos comprendían por qué la nueva dirección había prescindido de su experiencia.

Suele pasar en España que cuando alguien se muere, sólo se exaltan sus virtudes. Loyola también tenía defectos. Era terca como la que más. Pero ante todo era amiga de sus amigos y, sobre todo era una buena persona. Se ha ido tan rápido como se iba de las ferias y de los mítines, andando deprisa con pasos largos.

Seguramente, allá donde vaya seguirá andando igual de deprisa. Sus amigos la seguirán un poco más despacio y la acompañarán hasta el panteón familiar donde están enterrados sus padres cerca de la casa de Marquina, el lugar donde fue más feliz. Fiel a su máxima, libró también esta última batalla contra el cáncer, aunque no la ganó. En cinco meses apenas le dio tiempo a combatir. Descansa en paz, Loyola.


Loyola de Palacio del Valle-Lersundi nació el 16 de septiembre de 1950 en Madrid, donde falleció el miércoles 13 de diciembre.