De la miseria humana y la política
Por Manuel Milián Mestre
Publicado por Manuel Milián Mestre en "El Mundo", edición de Cataluña. (Reyes Montseny)
Un día de 1976 acudió a mi despacho del Diario de Barcelona un señor de
Lleida apellidado Montseny. Dicho caballero me vino recomendado por un
amigo, el periodista Emilio Romero. Él y su familia, me manifestó,
querían colaborar de algún modo con el proyecto político de Manuel
Fraga, aquella inicial Alianza Popular. Le atendí y lo incorporé al
núcleo de los primeros militantes de lo que hoy es el PP. Al poco tiempo
volvió con su hija Reyes: “Manolo, mi hija viene a cursar Derecho en la
Universidad, y ella que es joven pienso que podría ayudaros en la tarea
política”.
Aquella muchacha mostró desde un comienzo un ánimo por hacer
bien las cosas y una vocación enorme por la política y la honradez en
el ejercicio de la misma. Fue mucho más que una militante entusiasta;
con el paso de los años supo de verdad lo que eso significaba en la vida
de los partidos políticos de los 80: zancadillas, provocaciones,
puñaladas traperas, calumnias, decepciones y toda esa retahíla de
maldades que anidan en las minorías de ambiciosos, a menudo sin
escrúpulos, empeñados en la conquista del poder, primero en el aparato, y
después en las listas cerradas o en los cargos públicos. A la
entusiasta Reyes Montseny le sacudieron por doquier. No se plegaba
fácilmente a caprichos ajenos; no se resignaba a la indecencia y los
negocietes que veía entre ellos; ni tragaba como proba funcionaria de la
Seguridad Social con las irregularidades, injusticias y pingües
aprovechamientos personales, con los que más de uno se forjó su hoy
saneado patrimonio.
Un día Fraga y el que suscribe logramos ubicarla
en las listas al Congreso de los Diputados. Era ya iniciados los años
90, y Reyes, mujer de principios y combativa, ocupó su lugar en el
Congreso cumpliendo excelentemente con su deber hasta que algún cacique
barcelonés del Partido Popular logró apearla de la lista en 2004. Fue su
dolorosa derrota moral y psicológica. Ni lo entendió, ni lo aceptó. La
amargura del desencanto empezó a roerle las entrañas hasta que los
hechos le demostraron que ni el PP era su soñado partido respetable, ni
la meritocracia de la que Fraga había hecho razón de ascensos en las
carreras individuales, era adecuadamente observada; ni tampoco se
valoraba el trabajo, el cumplimiento del deber, la responsabilidad
escrupulosa o, si quiera, la punición de las irregularidades que ella
detectaba. Todo lo contrario: quienes más arbitrariamente procedían en
beneficio propio de sus carreras o de sus apetitos desordenados de
poder, mayor escalada obtenían en los cargos, gracias a sus “bellas
artes” privadas o el cultivo del nepotismo amical. Y fue la mano de
Javier Arenas la que acabó cebándose en determinados elementos cuyo
sentido de la responsabilidad personal no admitía componendas.
La
guadaña llegó a su lista, y Reyes tuvo que regresar a su casa sin
resignarse a ello. No comprendió que la injusticia fuera moneda de uso
legal en su amado partido de Cataluña. Creía en Mariano Rajoy y los años
le mostraron su ceguera. Don Mariano, según ella, no había dejado a
nadie del partido original, llenando el minarete –en feliz expresión de
Miguel Herrero de Miñón- de oportunistas políticos que, no sólo enferman
por el poder sino que se han eternizado en él desde los tiempos de la
fútil UCD que apenas resistió dos telediarios. Eran los hijos y nietos
del franquismo. El núcleo de su casta que se resistían a perder su
posición en la oligarquía de siempre. A medida que se fue cayendo el
velo de sus ojos, Reyes endureció su crítica hacia los suyos y la
amargura y el dolor penetraron en su espíritu. Finalmente llegó la
enfermedad cruel, tal vez el supremo desengaño de la política y de la
vida. Con apenas unos meses el cáncer la ha derrotado. El pasado 11 de
junio, mi amiga Reyotas –como yo la denominaba- dijo su adiós definitivo
en el discreto silencio y la humildad de las buenas personas.
Bien
me hubiera gustado pronunciar una oración fúnebre ante su cadáver como
la que Stefan Zweig pronunciara en París ante los despojos de su amigo
el gran escritor Roth, de raza judía y convertido al catolicismo,
maldito y menospreciado por los suyos. Zweig lo reivindicó con palabras
hermosas y brillantes y en un gesto sin precedentes a la vera ya del
Holocausto. Así me sentí yo en el tanatorio ante su cadáver, indignado
por el sufrimiento y la soledad de esta mujer de 65 años, a la que su
amor al partido y a la política le colmó de decepciones.
Acudimos al
funeral sus amigos, y muy pocos del PP actual, si bien media docena de
ellos en un claro testimonio de amistad y de reconocimiento estuvieron a
su lado en esa hora final. Pero nadie, nadie, de la cúpula oficial del
PP catalán se dignó a acudir a despedir a una de sus primeras militantes
–“Pata negra” como a ella le gustaba llamarles- y de sus más empeñadas
diputadas. En ese momento me apercibí de la miseria humana de un partido
que lamento haber fundado en 1974-75. El contrapunto lo pusieron otras
personas, con otros sentimientos, como Rodrigo Rato, Blanca Fernández
Capel, ex diputada por Granada, o Carmen, su gran amiga, ex diputada por
Castelló o Juan Rosell, Presidente de la CEOE, Antonio Ainoza, y el
Alcalde de Badalona o ese excelente militante que siempre fue Daniel
Sirera y algunos más. Un triste adiós y concluyente: ¿Merecen la
política o los partidos de la casta entregar lo mejor de la vida de una
mujer de vocación ante semejante ingratitud final? He ahí mis dos
conclusiones: hay que rajar de arriba a abajo esta clase política
lamentable; y en segundo lugar, si no se da una sólida base de humanidad
en los políticos, la política será tan solo una gran mentira. Casi una
indignidad.
Barcelona, 15 de junio de 2014
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El 18 de diciembre de 2006 había publicado el siguiente artículo, referido a Loyola: Testimonio de Loyola.
Acaba
de fallecer y tenía 56 años. Era la política encarnada en el puro
compromiso, el vigor y el rigor de los principios, el eje vertical de los
valores que configuran el ser de una personalidad única. Siento en el
alma lo ocurrido a una mujer que reunía todas aquellas connotaciones que
definen a un vasco de naturaleza, a un político de vocación. Me parecía
a menudo una caña que el vendaval político de nuestra España huida
podía doblegar sólo hasta cierto punto, ya que su verticalidad
inalterable le permitía prescindir sólo de lo accidental, pero nunca el
olvido de lo esencial. Loyola de Palacio fue la pura sustancia, la
honestidad sin tapujo que a veces cuenta poco en el hacer de la política
o en el compromiso de gobierno. Decir lo contrario sería negar a
Loyola, la brava, la sólida, la consistente, la prudente. Ninguna
renuncia en el compromiso.
La
conocí desde los orígenes de Alianza Popular en los años 70, en la
calle Silva de Madrid, jovencísima, entregada al trabajo que admiraba a
todos por su temple de acero. A su lado no había lugar para los
vacilantes, ni para aquellos que carecieran de una visión de España
consistente. Peleé a su lado en múltiples batallas de partido; sentí su
liderazgo en el Congreso de los Diputados; me asombró su coraje al
confrontar su dialéctica parlamentaria en los años 90. Era una
referencia entre quienes nos denominábamos, familiarmente, “patas
negras” del PP. Rompía los esquemas, mujer brava y combativa, en todas
las causas que emprendía. Nada se le resistió nunca, pues era ella la
más consistente de todos nosotros, sin perseguir en momento alguno un
liderazgo que le era simplemente connatural. Por eso la viví tan de
cerca y comulgué con ella tantas ideas y tantos principios, tal vez hoy
en desuso en un universo de profetas derrotados, de politiqueros sin
alma, de buscadores de fortuna o de poder para hallar gratificación
particular más que utilidad pública o bien común. Ciertamente eran estas
nociones provenientes de un concepto cristiano de la existencia o de
una visión humanista de la sociedad. Loyola era un paladín de todo ello,
con un vigor proverbial capaz de dominar los peores tragos, como el que
ahora le ha vencido para nuestra desgracia, o el desuso por parte del
partido en que la dejaron vergonzosamente después de su brillante paso
por Bruselas.
Con
ese sentimiento de la vocación política inicié yo mi andadura en la
Barcelona de 1970, fundando el Club Ágora, y después Reforma Democrática
Española, y Reforma Democrática de Catalunya en 1975-76. Dejo para el
trabajo de los historiadores lo que aquello significó, pero debo de
consignar que desde esa orilla amanecieron no pocas iniciativas en
Catalunya que posibilitaron la unión de esfuerzos con otros grupos
políticos que se movían en la clandestinidad o el antifranquismo (UMD,
Vázquez Montalbán, Jordi Pujol, Pèrich, Bofill, José Miguel Abad,
Gutiérrez Díaz, Agustí de Semir, etc.) De ahí surgió el famoso reto a la
corrupción franquista en Barcelona (Barcelona, ¿dónde vas?, de Eduardo
Moreno y F. Martí Jusmet) que cancelaría la carrera política del alcalde
Porcioles y otras cosas más. Era un entendimiento reivindicativo de la
ética como fundamento de la política. Tal vez un idealismo desaforado
que serviría para nutrir de puentes a lo que fue, luego, la Transición.
Mi
amiga Loyola entendió siempre ese ánimo puritano de nuestros afanes,
que Manuel Fraga capitaneó, no sin arriesgar incomprensiones y
calumnias, pues el sistema anterior había perdido su norte y la
estimación justa de la realidad. Guardo todavía en mis archivos no pocas
cartas acusatorias o incompatibles con la visión reformista que
postulábamos. Se rompían muchos esquemas que se habían esclerotizado en
los acomodaticios ciudadanos del final del franquismo. De ahí que, al
escribir estas notas, me duela el alma, como a Miguel Hernández en la
oda por su amigo muerto, la repentina desaparición de esta gran mujer
que fue, un referente perenne en la historia del centro-derecha español
de esa Democracia nacida de la Constitución de 1978. De ahí también que
quiera reconocer públicamente su grandeza, su ejemplo, para quien la
ética era el fundamento y la justificación del hacer político. Con este
triste adiós rindo homenaje entrañable a mi compañera de alma, Loyola
de Palacio, quien desde Houston (USA) me dijo por teléfono en el pasado
octubre: “He llegado casi muerta, Manolo, pero lucharé hasta el final”.
Su final llegó ya. Gracias, Loyola.
Manuel Milián Mestre.
Barcelona, 18 de diciembre de 2006
El Mundo, edición Catalunya